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Diseño y Contenido

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Cuando recorremos los pasillos de un supermercado como simples consumidores, solemos observar los productos con un interés articulado por diferentes factores: normalmente identificamos una marca conocida, o nos dejamos atraer por un producto que no habíamos visto antes. Luego de esto, buscamos determinada variedad, comparamos precios o elegimos aquello que parece responder mejor con lo que necesitamos. Sin embargo, detrás de cada botella, frasco, caja o bolsa existe una serie de decisiones que probablemente pasan inadvertidas.

Muchas veces un cliente se inclina por un producto por lo que ve en una etiqueta
  • ¿Por qué algunos aceites utilizan etiquetas oscuras y elegantes, mientras otros prefieren imágenes de ingredientes y colores luminosos?
  • ¿Por qué determinados cafés hablan de tradición y origen, mientras otros se presentan como productos modernos y especializados?
  • ¿Por qué encontramos códigos visuales similares entre las salsas, los productos de limpieza o los alimentos para mascotas?

Estas decisiones no deberían ser arbitrarias. Antes de comenzar el diseño de una etiqueta de producto es imperioso comprender la marca, conocer el producto, estudiar su categoría y definir qué lugar se desea ocupar dentro del mercado.

Diseñar una etiqueta no consiste únicamente en organizar un logotipo, una fotografía y algunos textos sobre una superficie. La etiqueta debe atraer, identificar, informar, diferenciar y, en muchos casos, convencer al consumidor en apenas unos segundos. Por eso, mucho antes de abrir Illustrator y comenzar a probar colores o tipografías, existe una etapa de investigación y estrategia que puede determinar el éxito del resultado.

La decisión de compra pasa muchas veces por el atractivo de la etiqueta

Para muchos productos, la etiqueta representa el principal punto de contacto entre la marca y el consumidor. Puede ser incluso más importante que una publicación en redes sociales o un anuncio, porque aparece justo en el momento en que la persona debe tomar una decisión.

La etiqueta acompaña físicamente al producto.

La etiqueta está presente cuando se observa en una estantería, cuando se sostiene en las manos, cuando se utiliza y, algunas veces, durante semanas o meses dentro del hogar.

Esto significa que debe cumplir varias funciones simultáneas: expresar la personalidad de la marca, explicar qué contiene el envase, destacar sus principales atributos y facilitar la identificación del producto. Además, debe hacerlo dentro de un espacio limitado y en convivencia con información técnica y legal que no puede omitirse.

Por eso, el diseño de etiquetas de producto debe comenzar con preguntas y no con respuestas gráficas apresuradas.

El primer paso es analizar la marca que respalda el producto. No es lo mismo diseñar una etiqueta para una empresa nueva que busca darse a conocer que trabajar con una marca que ya posee una identidad visual reconocida.

Conviene revisar su logotipo, paleta de colores, tipografías, tono de comunicación, valores y personalidad. También es importante conocer su historia, su procedencia y aquello que desea transmitir.

¿La marca quiere proyectarse como tradicional, cercana, sofisticada, saludable, económica o innovadora?

¿Cuenta con elementos visuales consolidados?

¿Existe un manual de identidad?

¿La etiqueta debe continuar una línea gráfica anterior o puede plantear un nuevo lenguaje?

Una etiqueta puede ser visualmente atractiva y, aun así, resultar incorrecta si no guarda relación con la identidad de la marca. La coherencia permite que cada nuevo producto contribuya a construir reconocimiento, en lugar de presentarse como una pieza aislada.

El segundo análisis corresponde al producto. Aunque pueda parecer una observación evidente, muchas veces el proceso comienza sin disponer de información suficiente.

Necesitamos saber qué es, cómo se elabora, cuáles son sus ingredientes o componentes, qué beneficios ofrece y qué lo diferencia de otras alternativas. También debemos conocer su precio, su procedencia, su presentación y las condiciones en las que será comercializado.

No es igual diseñar una etiqueta para un producto artesanal fabricado en pequeñas cantidades que para uno destinado a grandes cadenas comerciales. Tampoco se plantea de la misma manera una marca de precio accesible que una propuesta prémium, aunque ambas pertenezcan a la misma categoría.

Identificar la importancia de cada sección en una etiqueta

En esta etapa conviene identificar los atributos que podrían convertirse en argumentos de comunicación. El origen de un café, una receta familiar, un ingrediente particular, una certificación o una forma especial de producción pueden aportar elementos valiosos al concepto.

Sin embargo, no todos los atributos deben aparecer al mismo tiempo en el frente de la etiqueta. Parte del trabajo estratégico consiste en decidir cuál merece ocupar el lugar principal.

Una etiqueta no se diseña para agradar solamente al propietario de la marca ni al diseñador. Debe comunicarse con las personas que podrían comprar el producto.

¿Quiénes son?

¿Qué edad tienen?

¿Dónde compran?

¿Qué valoran al elegir?

¿Buscan economía, practicidad, tradición, bienestar, exclusividad o rendimiento?

¿Conocen ya la categoría o necesitan que el empaque les explique cómo utilizar el producto?

Estas preguntas ayudan a establecer el tono adecuado. Un producto dirigido a familias puede necesitar una comunicación diferente a la de otro pensado para deportistas, profesionales, niños o consumidores interesados en propuestas gourmet.

El consumidor frente a la elección del producto

También debemos considerar el contexto de compra. Una etiqueta vista durante pocos segundos en un supermercado necesita una identificación rápida. En cambio, un producto vendido en una tienda especializada o a través de internet puede permitirse desarrollar una historia más detallada.

Comprender al consumidor no significa seguir automáticamente sus gustos. Significa conocer sus expectativas para decidir cuándo responder a ellas y cuándo romperlas de manera estratégica.

Antes de diseñar, resulta conveniente observar qué están haciendo las demás marcas. El objetivo no es copiar soluciones, sino reconocer los patrones de la categoría y encontrar oportunidades de diferenciación.

Podemos analizar los colores predominantes, la ubicación de los logotipos, el uso de fotografías o ilustraciones, las palabras más frecuentes, los tamaños de los envases y la forma en que se organizan las diferentes variedades.

También debemos comparar precios y posicionamientos. Los productos económicos, tradicionales, naturales, especializados o prémium suelen utilizar códigos diferentes, incluso cuando comparten el mismo espacio comercial.

Este estudio permite detectar dos riesgos. El primero es crear una etiqueta tan parecida a las demás que pase completamente inadvertida. El segundo es alejarse tanto de los códigos de la categoría que el consumidor no comprenda qué producto está observando.

La diferenciación efectiva suele encontrarse en un punto intermedio: el producto debe ser reconocible, pero también poseer una voz propia.

Los códigos visuales del segmento son clave antes de diseñar una etiqueta

Cada categoría desarrolla con el tiempo una especie de lenguaje compartido. En los productos naturales suelen aparecer verdes, tonos tierra, ilustraciones botánicas y referencias al origen. En determinadas líneas de limpieza predominan colores intensos, brillos y recursos asociados con fuerza, frescura o desinfección.

Estos códigos ayudan al consumidor a clasificar rápidamente lo que tiene delante. No constituyen reglas obligatorias, pero ignorarlos sin una razón puede generar confusión.

Por eso es importante preguntarse qué elementos conviene conservar, reinterpretar o evitar. Una marca puede diferenciarse mediante una ilustración particular, una combinación cromática poco habitual o una composición más limpia, pero debe seguir comunicando claramente la naturaleza del producto.

Innovar no consiste necesariamente en eliminar todos los códigos existentes. A veces consiste en utilizarlos de una manera más inteligente y propia.

Después de analizar la marca, el producto, el consumidor y la competencia, debemos sintetizar la información.

¿Qué queremos que la persona piense al ver esta etiqueta?

¿Cuál es la idea más importante que debería recordar?

¿Qué diferencia al producto de las alternativas que estarán a su lado?

Esta definición orientará posteriormente las decisiones gráficas. Si el principal valor es el origen artesanal, probablemente el lenguaje visual deba comunicar cercanía y autenticidad. Si se trata de una fórmula avanzada, la etiqueta podría necesitar mayor precisión técnica. Si el producto compite por precio, deberá transmitir rendimiento y confianza sin aparentar una categoría que no le corresponde. Intentar comunicar demasiadas promesas suele debilitar el mensaje. Una etiqueta necesita establecer prioridades, porque no todos los datos poseen la misma importancia.

Se puede diseñar una etiqueta de manera muy distinta para un mismo producto

Otro aspecto fundamental es determinar si la etiqueta formará parte de una línea.

Puede ocurrir que inicialmente se diseñe una sola presentación, pero la marca planee incorporar nuevos sabores, aromas, tamaños o categorías. En ese caso, la propuesta debe funcionar como un sistema y no como una solución cerrada.

¿Qué elementos permanecerán constantes?

¿Cómo se distinguirán las variedades?

¿Será suficiente cambiar el color o será necesario modificar fotografías, ilustraciones o fondos?

¿Cómo convivirán los diferentes productos cuando se exhiban juntos? Pensar anticipadamente en estas posibilidades ayuda a construir una identidad reconocible y evita tener que rediseñar todo cuando aparece una nueva referencia.

La línea gráfica aporta unidad en apariencia, calidad y categoría

Solo después de completar los análisis anteriores podemos comenzar a definir el posible lenguaje de la etiqueta.

¿Conviene utilizar una fotografía del producto o de sus ingredientes?

¿Una ilustración puede aportar mayor personalidad?

¿La tipografía debería asumir el protagonismo?

¿Es apropiado trabajar con una composición minimalista o la categoría exige mostrar más información en el frente?

No existe una respuesta universal. Una estética minimalista puede funcionar muy bien para determinados productos prémium, pero resultar insuficiente en una categoría donde el consumidor espera reconocer inmediatamente los ingredientes, el sabor o el modo de uso.

La elección entre fotografía, ilustración, tipografía o recursos gráficos debe nacer del concepto y no de una preferencia pasajera. Lo importante es que cada recurso contribuya a expresar el posicionamiento definido.

Toda esta investigación debería concluir en un brief de diseño. Este documento reúne la información necesaria para orientar el proyecto: objetivos, público, competencia, atributos, posicionamiento, mensajes principales, referencias y posibles extensiones de línea.

Un buen brief no pretende decidir de antemano cómo será la etiqueta. Su función es establecer el problema que el diseño debe resolver.

Desde mi experiencia, cuanto más clara es esta etapa, más coherentes resultan las propuestas posteriores. También se reducen las decisiones basadas únicamente en gustos personales, porque existe un criterio con el cual evaluar cada alternativa.

El brief es el punto de partida para un óptimo planteamiento de propuestas

Antes de preguntarnos si una etiqueta debe ser verde, utilizar una fotografía o incorporar determinada tipografía, necesitamos saber qué debe comunicar y ante quién debe hacerlo.

El diseño comienza mucho antes del planteamiento gráfico. Comienza observando, investigando y formulando las preguntas correctas.

En la segunda parte de esta serie veremos cómo el tipo de envase, los materiales, el sistema de impresión, el plano técnico y los requisitos legales condicionan el diseño de una etiqueta. Porque una buena propuesta no solo debe verse bien: también debe poder producirse, aplicarse correctamente y cumplir con las exigencias del producto y del mercado.

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